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DELFINA

VELAR DE IRIGOYEN

DELFINA VELAR DE IRIGOYEN

Solo Show/ Amorada, Buenos Aires, September 2025


Empujadas por las manos y no por la razón, Delfina logra que las cosas hablen entre ellas. Mientras conversan, algunas personas ciegas manipulan arcilla para inventar formas que cobran vida sobre la mesa como entes separados del ruido social. Estilizadas, chatas, anilladas, son siempre ajenas al orden y leales al movimiento del azar, que carga secretos mucho más difíciles de descubrir que el lenguaje verbal. Son criaturas que ahora me ayudan a decir esto, pero que pronto -o siempre- tendrán que dejar lugar a otros sentidos, más ligados a una comprensión sin narcisismo.


Me parece que de esto último se vale Delfina para ser la garante de una conversación que tiene como resultado unas formas locas, modulares y abstractas, a las que después escanea para que se vuelvan otra cosa, sin dejar de proponer lo que fueron en un primer momento. Su permanente compañía hace que todo el proceso sea un solo hilo de juego y sensibilidad, donde las cosas se transforman en algo distinto. Como un diccionario para ver sin los ojos, como una ley liviana para contribuir a saber lo que nos pasa con los demás en medio de la tecnología, la roca del origen del suelo que pisamos y la materia sintética, pero fuera del barullo moral. Delfina participa como si todo fuese una maqueta que ve desde la vereda, a través de una vidriera. La maqueta del mundo inventado y real del que, sin embargo, forma parte en un rol protagónico, artístico.


Hace unos días escuché, al pasar, que una señora le decía a otra, antes de cruzar la avenida Rivadavia: “Ni sé qué hice ni cómo lo empecé, pero es así”.  Parecían contentas después del café que se habían tomado en Las Violetas. Aunque nunca supe a qué se refería, la sensación fue la de haber encontrado una especie de origen al problema de las referencias en los relatos. La estructura de lo que escuché era un ejemplo de cómo un relato es parte de un origen difuso. También de cómo se puede aprovechar el malentendido o el entendimiento a medias, para justificar un origen, para empezar por algún lado y hacer. Reunidos, solos, o las dos cosas a la vez, pero hacer.


En esta muestra, como en todas, no hay un origen justo, concreto, un punto donde Delfina pueda decir :“Empezó acá”. Pero sí existe una especie de condición que regula todo: no[MOU1]  ver porque no se ve, porque se experimenta no ver, porque no se puede ver y porque se busca en el aprovechamiento de esa condición el rulo que nos conecte con un mundo fuera de nosotros, aunque armado por nosotros. Los objetos y el video son la punta de la narración de un proceso que conecta el sentimiento con otros estímulos, como puentes que nos llevan a los cuentos de infancia, entre el juego y el drama, entre la acción y el rigor que nos imprime todo lo que no somos. No está mal, nada mal, que el arte en su práctica arbitraria, inventora y prometedora, nos haga cuestionar quiénes somos.  Delfina , antes de eso, nos hace otras preguntas: ¿En dónde somos?¿Con qué biografía, sentimientos y palabras somos?¿Entre quiénes somos?


Las cosas siguen pasando aunque no las veamos. Y como no vemos, nos pasan otras. A la vez, hay objetos milenarios de mineral con los que tropezamos, convivimos y a los que no pocas veces adoramos. Hay objetos que no estaban antes de nosotros. El artificio de jugar a mezclar todos estos planos, las formas de la tierra tocadas en el plástico, los plásticos impresos diciendo palabras sin tiempo, justifica una muestra así. Y justifica, más aún, que le digamos rito. Porque un rito es un momento como cualquier otro, solo que está estructurado por razones que ni nosotros sabemos, por la organización maldita o bendita de lo que no podemos explicar.


— Juan Laxagueborde


Ritos De Impresión

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